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El amor no existe - Elisabet Gilmore



Me miro en el espejo y niego con la cabeza. No creo en el amor. No me gustan las películas ñoñas. Soy práctica. Una mujer independiente que no necesita a nadie para ser feliz. Bueno, a veces necesito un hombre para saciar mi sed y un buen revolcón para desestresarme, pero casarte un 31 de diciembre en un gran parque en Nueva York, es un cliché horrible, meloso, más que la carne que me hará vomitar en el banquete que mi estupenda hermana, ha pedido al carísimo servicio de catering. Soy vegetariana y ella lo sabe. Le gusta fastidiarme, es su pasatiempo favorito. Mira que había épocas del año, verano, por ejemplo. Hace calor. Te puedes poner un vestido corto que te realce la figura y no esto, que parece que vaya a un vals en la Ópera de Viena. Creo que voy a vomitar antes de ver la carne. ¡Por el amor de Dios! Voy a salir así a la calle. Quizás si me pongo un abrigo, un gorro, unas gafas y... Mierda. Si me pongo todo eso, destrozaré el peinado tan chulo que me ha costado un riñón, en Jenny’s, uno de los salones de belleza más cool de la quinta Avenida. Creo que llamaré a un taxi. Bajaré directa. Solo me verá el portero. Con suerte ni se fija, siempre está haciendo crucigramas.

Hace un día soleado, aunque el termómetro marca dos grados. El suelo está helado, y voy con zapatos de aguja, porque claro, ¿qué pega con un vestido de princesa Disney? Unos zapatitos de princesa Disney. Al menos, me he puesto un anorak largo hasta las rodillas, algo me tapará y unos guantes de pluma de oca, como los edredones.

Salgo embalada por entrar al coche y que ningún conocido me vea con estas pintas. Un insensato me ha hecho un placaje digno de un buen derbi de rugby.

—Ey ¡Mira por dónde vas, capullo! —Está duro como un peñasco, pero más sucio que el deshollinador de Mary Poppins. Ninguno de los dos íbamos mirando, pero no lo pienso reconocer. Me ha manchado el abrigo—. ¿De dónde vienes, de la mina?

—¿Y tú? ¿Acabas de salir de un cuento de hadas? Tampoco es que fueras mirando al frente, princesa. —Alza una ceja, sonriendo como un patán de increíbles ojos verdes.

—Date una ducha y después mírate al espejo, engreído —gruño esbozando la sonrisa más falsa que he podido encontrar en mi repertorio.

Entro al taxi y le doy la dirección. En veinte minutos estamos en la puerta de la iglesia de San Agustín. En otros diez, aparece el novio nervioso. Si no fuera porque le conozco diría que va directo al patíbulo, al menos yo me sentiría así, pero él está coladito por la imbécil de mi hermana. Está deseando ponerse esas cadenas que lo aten a ella de por vida. Uff, ¡qué tortura! Después de quince minutos nos obligan a entrar. Gracias al cielo, porque ya no me siento los pies. Solo falta la novia y el padrino, cuando empieza a sonar la marcha nupcial. Se abren las enormes puertas de madera oscura. Aparecen mi hermana y un pingüino, que imagino, será el padrino de boda. Dicho de otra manera, el mejor amigo de mi cuñado. La deja al lado del novio y se coloca frente a mí. Un calor sofocante comienza en mi pecho y se expande como el fuego de pies a cabeza. Esa mirada verde césped me penetra como hace casi una hora, la diferencia es que ahora él parece Fred Astaire con la cara de un dios griego y yo Ginger Rogers… Con mi cara. Se da cuenta, su sonrisa se agranda. Lo que faltaba, pasar el día con un capullo integral.

Tras la ceremonia, mientras los novios van a hacerse fotos, los invitados vamos hacia el banquete, incluidos el pingüino y yo. Mi hermana se acerca a mí.

—Te toca hacer coche con Nacho. Es buen tío, además de estar como el turrón de chocolate. No lo digo por su sonrisa, sino por las onzas que marcan su torso. —Saca la lengua y me guiña el ojo. La miro desafiante, ella se crece—. Quién sabe, a lo mejor encuentras el amor en mi boda, en el parque y en Navidad. Justo lo que más te gusta.

Frunzo el ceño, maldiciéndola. El bufón de la corte viene ofreciéndome el brazo para que me agarre a él. Lo ignoro. Voy hacia el coche pisando uvas, el suelo resbala.

—Como quieras. Acabarás pidiéndome el brazo y el resto del cuerpo. —Otra vez esa mirada pícara que me pone taquicárdica. Será idiota...

—Ni lo sueñes.

—Quizás seas tú quién sueñe. Tal vez lo hagamos los dos —susurra en mi oído. Luego, se adelanta—. Veremos cuando llegue la noche. En Navidad, todo puede pasar.

«¿En serio?», grito en mi interior.


Tercera ganadora del concurso de Relatos Navideños 2022. Elisabet Gilmore

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